viernes, 24 de junio de 2016

"La corona del León"

La corona del León

Estaba siempre allí, al lado, perseverante en su objetivo. Cada mañana y cada noche. Atento, en guardia, muchas veces lo conseguía, muchas otras no se iba más que no la ilusión de recibir algo con el deseo de conseguir un poco ese día. Aunque ya conocía “los bueyes con los que araba”, ya conocía a Marta, Estanislao, Juana a Matías y a Valentina. Sabía quién era más endeble y quien más misericordioso y quien más insensible. Sabia en definitiva quien cedía y quién no. 
            No llevaba una vida muy activa hacía ya años. Pero él era feliz, con sus carencias y con sus dolores. Había tenido un problema “social”, que le había impedido salir de su casa, a menos que fuera acompañado.
            No pedía mucho, nada a nadie, tal vez, si lo hacía era que lo acompañen a dar un paseo, a sentir el viento en las pestañas, a cruzar las calles de la ciudad inundada de edificios, colapsada de autos, motos y colectivos, con tan pocas libertades para él. Cuando volvía a entrar a su casa se distendía un rato, descansaba, comía, bebía, esperaba y acompañaba. Así, era feliz, porque hacia aquello a lo que había llamado a ser en esta vida.
            Sin duda los mejores días para él, eran los del fin de semana –sábado y domingo- incluso viernes porque el viernes ya preparaba su corazón. Esos tres días, viajaba al campo donde con amigos y familiares, en el contacto con la naturaleza, renovaba su espíritu. Le gustaba correr todo el día, correr, cansarse, conocer nuevos vecinos; a veces se peleaba y entraba en discordias, pero era porque defendía lo que amaba.

Era un día de la primavera de noviembre cuando me puse a observarlo detenidamente y a rememorar todas y cada una de sus acciones, que siempre solía ignorar. En silencio, él, contemplaba y también esperaba, acompañaba: después de todo esa era su misión en esta vida, y eso era lo que a él también le hacia feliz. La tarea de ser compañero, de hablar cuando fuera necesario y de callar cuando también lo fuera, pero siempre acompañando. Mi perro, León, era el mejor compañero de todos y lo más importante de todo es que fue siempre un gran maestro de la perseverancia y de la constancia. No importa cuánto tardaba yo en comer, no importa cuanto lo ignoraba yo a él, era capaz de estar los 50 minutos de mi almuerzo deseando que me sobrara algo y me apiadara de él. Aunque de más esta decir que él tenía su alimento balanceado, pero no, él quería algo más… que sabía que sería difícil de conseguir, pero que si esperaba tal vez recibiría un “premio”; tal vez no, pero él, lo intentaba, porque sabía que la perseverancia es la que recibe la corona

martes, 14 de junio de 2016

Con los ojos bien abiertos

Con los ojos bien abiertos

El día había comenzado muy mal: no había escuchado la alarma del despertador, y por ende, me había despertado media hora más tarde de lo que debía, con lo cual, para poder llegar a tiempo al trabajo tenía que evitar darme un baño (lo que implicaba un gran sacrificio. Bañarme por la mañana me despertaba más que un buen café).
Pude salir de mi casa a tiempo pero debido al despreciable, terrorífico y odiable tráfico que había (más de lo usual), llegué tarde de todas formas al trabajo. La secretaria me saludó tajantemente, de forma tal que me quedara claro que me había equivocado y me dio inmediatamente las tareas que me correspondía hacer ese día. Salí apresurada de la oficina para poder llegar a cumplir con todo lo encomendado. En el apuro, me golpeé la cabeza contra el matafuegos que había en mi Estudio. Parecía estar todo destinado a ser el peor día del mes, y porqué no, del año. Era de esos días en que uno cree tener una nube negra encima suyo, que lo persigue adondequiera que va.
Estaba caminando por Tribunales al paso mas rápido que podía, esquivando las cientos de personas que pasan caminando por allí en un ajetreado día hábil citadino, cuando un semáforo me obligó a detenerme. Mientras pensaba de qué manera hacer mi recorrido de la forma mas rápida posible, se posó en mi hombro una mariposa. Se quedó allí, aleteando un poco sus coloridas y bellas alas y yo quedé obligada a no moverme, para que ésta no se fuera, y yo pudiera contemplarla un rato más. El semáforo dio la señal de que el paso del transeúnte estaba habilitado. Pero no me moví, me quedé allí, con mi mariposa en el hombro, mientras todos me esquivaban apurados, molestos porque una joven soñadora les detuvo por un segundo el paso.
Me olvidé, por un minuto, todos los planes que tenía, la llegada tarde al trabajo, el tráfico y el golpe contra el molesto matafuegos. Admiré la belleza de aquella mariposa anaranjada, con círculos negros y bordes plateados. Observé su cuerpo, el cual denotaba su pasado como oruga pero que sus alas, por lo bellas que eran, ocultaban. Luego, se fue. Y yo seguí mi camino... pero ¡había cambiado tanto en un minuto! Cinco minutos antes caminaba con la cabeza gacha, el ceño fruncido, esquivando gente. Ahora miraba a todos lados, sonreía y tenía la mirada perdida. No paraba de pensar en aquel momento.
Todo esto me produjo una mariposa aquel día: me enseñó a detenerme frente a los pasos apurados, a contemplar, a ser agradecida. Y a vos, te digo: andá con los ojos bien abiertos, hay muchas mariposas por contemplar.

Me pregunto qué habrá pasado con aquel bello insecto. No lo sé, pero sí sé que en su corta vida me cambió la forma de ver la mía.

miércoles, 8 de junio de 2016

Humedad



Humedad

Cerré los ojos. Los volví a abrir. La mancha de humedad seguía estando allí. Esa pequeña manchita.
No era producto de mis ojos. Acostada desde mi cama podía observarla haciéndome burla con su creciente intrepidez. Justo en esa esquina, bien arriba en la puntita derecha que recuerdo haber alcanzado hace unos meses con un pincel.
La pared había quedado inmaculada con dos baldes de pintura, mucho esfuerzo y varios rodillos. Puede entenderse así la razón de mi molestia al toparse mis pupilas haciendo el recorrido matutino de dispersión por el techo con esa abominación. Decidí ignorarla.
Mi resolución estaba dando resultado. Bastaba solo con despertarme mirando la ventana o pestañear justo en el momento en que pasaba caminando cerca de esa bendita pared.
Pero todo empezó a complicarse cuando la manchita decidió estirarse hasta alcanzar el costado de mi biblioteca, y cierto medio día al querer tomar unos libros me declaró la guerra  con su mirada llena de moho.
No me iba a vencer, tenía el tamaño perfecto. La tapé con un cuadro.
El plan B perduró unas semanas hasta que una tarde sentada frente a mi escritorio la encontré. Detrás de la lámpara asomaba sus piernas.
No me desesperó. Nada que un almanaque no pudiera tapar. Luego unas fotos familiares y más tarde por un costado, como un fabuloso collage unos recortes de revistas.
Toda una pared cubierta y ni rastros de la humedad. Solo yo sabía de su presencia, solo yo percibía la cinta adhesiva a punto de desprenderse.
Y el insomnio de la noche llegó.
Podía escucharla deslizándose lentamente, acercándose hasta mi cama. Trazando una línea de ataque, rodeándome, ahogándome en su eterna humedad.
Cerré los ojos, los volví a abrir.
Ahora todo lo cubría y una grieta comenzaba a dividir el techo. La pintura empezó a caer resquebrajada, y cubierta por esa extraña nieve escapé corriendo de la habitación que rápidamente se desplomó en grandes bloques.
Secándome las lágrimas de abatimiento, recorrí con la mirada los escombros de mi pieza.
Luego, sonreí.

La mancha había desaparecido. Sólo quedaba reconstruir.