La corona del León
Estaba siempre
allí, al lado, perseverante en su objetivo. Cada mañana y cada noche. Atento,
en guardia, muchas veces lo conseguía, muchas otras no se iba más que no la
ilusión de recibir algo con el deseo de conseguir un poco ese día. Aunque ya
conocía “los bueyes con los que araba”, ya conocía a Marta, Estanislao, Juana a
Matías y a Valentina. Sabía quién era más endeble y quien más misericordioso y
quien más insensible. Sabia en definitiva quien cedía y quién no.
No llevaba una vida muy activa hacía
ya años. Pero él era feliz, con sus carencias y con sus dolores. Había tenido
un problema “social”, que le había impedido salir de su casa, a menos que fuera
acompañado.
No pedía mucho, nada a nadie, tal
vez, si lo hacía era que lo acompañen a dar un paseo, a sentir el viento en las
pestañas, a cruzar las calles de la ciudad inundada de edificios, colapsada de
autos, motos y colectivos, con tan pocas libertades para él. Cuando volvía a
entrar a su casa se distendía un rato, descansaba, comía, bebía, esperaba y
acompañaba. Así, era feliz, porque hacia aquello a lo que había llamado a ser
en esta vida.
Sin duda los mejores días para él,
eran los del fin de semana –sábado y domingo- incluso viernes porque el viernes
ya preparaba su corazón. Esos tres días, viajaba al campo donde con amigos y
familiares, en el contacto con la naturaleza, renovaba su espíritu. Le gustaba
correr todo el día, correr, cansarse, conocer nuevos vecinos; a veces se
peleaba y entraba en discordias, pero era porque defendía lo que amaba.
Era un día de la
primavera de noviembre cuando me puse a observarlo detenidamente y a rememorar
todas y cada una de sus acciones, que siempre solía ignorar. En silencio, él,
contemplaba y también esperaba, acompañaba: después de todo esa era su misión
en esta vida, y eso era lo que a él también le hacia feliz. La tarea de ser
compañero, de hablar cuando fuera necesario y de callar cuando también lo
fuera, pero siempre acompañando. Mi perro, León, era el mejor compañero de
todos y lo más importante de todo es que fue siempre un gran maestro de la
perseverancia y de la constancia. No importa cuánto tardaba yo en comer, no
importa cuanto lo ignoraba yo a él, era capaz de estar los 50 minutos de mi
almuerzo deseando que me sobrara algo y me apiadara de él. Aunque de más esta
decir que él tenía su alimento balanceado, pero no, él quería algo más… que
sabía que sería difícil de conseguir, pero que si esperaba tal vez recibiría un
“premio”; tal vez no, pero él, lo intentaba, porque sabía que la perseverancia
es la que recibe la corona

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