Con los ojos bien abiertos
El día había comenzado
muy mal: no había escuchado la alarma del despertador, y por ende, me había
despertado media hora más tarde de lo que debía, con lo cual, para poder llegar
a tiempo al trabajo tenía que evitar darme un baño (lo que implicaba un gran
sacrificio. Bañarme por la mañana me despertaba más que un buen café).
Pude salir de mi
casa a tiempo pero debido al despreciable, terrorífico y odiable tráfico que
había (más de lo usual), llegué tarde de todas formas al trabajo. La secretaria
me saludó tajantemente, de forma tal que me quedara claro que me había
equivocado y me dio inmediatamente las tareas que me correspondía hacer ese
día. Salí apresurada de la oficina para poder llegar a cumplir con todo lo
encomendado. En el apuro, me golpeé la cabeza contra el matafuegos que había en
mi Estudio. Parecía estar todo destinado a ser el peor día del mes, y porqué
no, del año. Era de esos días en que uno cree tener una nube negra encima suyo,
que lo persigue adondequiera que va.
Estaba caminando
por Tribunales al paso mas rápido que podía, esquivando las cientos de personas
que pasan caminando por allí en un ajetreado día hábil citadino, cuando un
semáforo me obligó a detenerme. Mientras pensaba de qué manera hacer mi
recorrido de la forma mas rápida posible, se posó en mi hombro una mariposa. Se
quedó allí, aleteando un poco sus coloridas y bellas alas y yo quedé obligada a
no moverme, para que ésta no se fuera, y yo pudiera contemplarla un rato más.
El semáforo dio la señal de que el paso del transeúnte estaba habilitado. Pero
no me moví, me quedé allí, con mi mariposa en el hombro, mientras todos me
esquivaban apurados, molestos porque una joven soñadora les detuvo por un
segundo el paso.
Me olvidé, por un
minuto, todos los planes que tenía, la llegada tarde al trabajo, el tráfico y
el golpe contra el molesto matafuegos. Admiré la belleza de aquella mariposa
anaranjada, con círculos negros y bordes plateados. Observé su cuerpo, el cual
denotaba su pasado como oruga pero que sus alas, por lo bellas que eran,
ocultaban. Luego, se fue. Y yo seguí mi camino... pero ¡había cambiado tanto en
un minuto! Cinco minutos antes caminaba con la cabeza gacha, el ceño fruncido,
esquivando gente. Ahora miraba a todos lados, sonreía y tenía la mirada
perdida. No paraba de pensar en aquel momento.
Todo esto me
produjo una mariposa aquel día: me enseñó a detenerme frente a los pasos
apurados, a contemplar, a ser agradecida. Y a vos, te digo: andá con los ojos
bien abiertos, hay muchas mariposas por contemplar.
Me
pregunto qué habrá pasado con aquel bello insecto. No lo sé, pero sí sé que en
su corta vida me cambió la forma de ver la mía.

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