miércoles, 8 de junio de 2016

Humedad



Humedad

Cerré los ojos. Los volví a abrir. La mancha de humedad seguía estando allí. Esa pequeña manchita.
No era producto de mis ojos. Acostada desde mi cama podía observarla haciéndome burla con su creciente intrepidez. Justo en esa esquina, bien arriba en la puntita derecha que recuerdo haber alcanzado hace unos meses con un pincel.
La pared había quedado inmaculada con dos baldes de pintura, mucho esfuerzo y varios rodillos. Puede entenderse así la razón de mi molestia al toparse mis pupilas haciendo el recorrido matutino de dispersión por el techo con esa abominación. Decidí ignorarla.
Mi resolución estaba dando resultado. Bastaba solo con despertarme mirando la ventana o pestañear justo en el momento en que pasaba caminando cerca de esa bendita pared.
Pero todo empezó a complicarse cuando la manchita decidió estirarse hasta alcanzar el costado de mi biblioteca, y cierto medio día al querer tomar unos libros me declaró la guerra  con su mirada llena de moho.
No me iba a vencer, tenía el tamaño perfecto. La tapé con un cuadro.
El plan B perduró unas semanas hasta que una tarde sentada frente a mi escritorio la encontré. Detrás de la lámpara asomaba sus piernas.
No me desesperó. Nada que un almanaque no pudiera tapar. Luego unas fotos familiares y más tarde por un costado, como un fabuloso collage unos recortes de revistas.
Toda una pared cubierta y ni rastros de la humedad. Solo yo sabía de su presencia, solo yo percibía la cinta adhesiva a punto de desprenderse.
Y el insomnio de la noche llegó.
Podía escucharla deslizándose lentamente, acercándose hasta mi cama. Trazando una línea de ataque, rodeándome, ahogándome en su eterna humedad.
Cerré los ojos, los volví a abrir.
Ahora todo lo cubría y una grieta comenzaba a dividir el techo. La pintura empezó a caer resquebrajada, y cubierta por esa extraña nieve escapé corriendo de la habitación que rápidamente se desplomó en grandes bloques.
Secándome las lágrimas de abatimiento, recorrí con la mirada los escombros de mi pieza.
Luego, sonreí.

La mancha había desaparecido. Sólo quedaba reconstruir.

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