Cerré los ojos. Los volví a abrir. La mancha
de humedad seguía estando allí. Esa pequeña manchita.
No era producto de mis ojos. Acostada desde
mi cama podía observarla haciéndome burla con su creciente intrepidez. Justo en
esa esquina, bien arriba en la puntita derecha que recuerdo haber alcanzado
hace unos meses con un pincel.
La pared había quedado inmaculada con dos
baldes de pintura, mucho esfuerzo y varios rodillos. Puede entenderse así la
razón de mi molestia al toparse mis pupilas haciendo el recorrido matutino de
dispersión por el techo con esa abominación. Decidí ignorarla.
Mi resolución estaba dando resultado. Bastaba
solo con despertarme mirando la ventana o pestañear justo en el momento en que
pasaba caminando cerca de esa bendita pared.
Pero todo empezó a complicarse cuando la
manchita decidió estirarse hasta alcanzar el costado de mi biblioteca, y cierto
medio día al querer tomar unos libros me declaró la guerra con su mirada llena de moho.
No me iba a vencer, tenía el tamaño perfecto.
La tapé con un cuadro.
El plan B perduró unas semanas hasta que una
tarde sentada frente a mi escritorio la encontré. Detrás de la lámpara asomaba
sus piernas.
No me desesperó. Nada que un almanaque no
pudiera tapar. Luego unas fotos familiares y más tarde por un costado, como un
fabuloso collage unos recortes de revistas.
Toda una pared cubierta y ni rastros de la
humedad. Solo yo sabía de su presencia, solo yo percibía la cinta adhesiva a
punto de desprenderse.
Y el insomnio de la noche llegó.
Podía escucharla deslizándose lentamente,
acercándose hasta mi cama. Trazando una línea de ataque, rodeándome, ahogándome
en su eterna humedad.
Cerré los ojos, los volví a abrir.
Ahora todo lo cubría y una grieta comenzaba a
dividir el techo. La pintura empezó a caer resquebrajada, y cubierta por esa
extraña nieve escapé corriendo de la habitación que rápidamente se desplomó en
grandes bloques.
Secándome las lágrimas de abatimiento,
recorrí con la mirada los escombros de mi pieza.
Luego, sonreí.
La mancha había desaparecido. Sólo quedaba
reconstruir.

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